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	<title>Elidio La Torre Lagares &#187; vicios</title>
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		<title>Estamos hechos de pasado</title>
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		<pubDate>Fri, 22 May 2009 00:10:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Entrevistas]]></category>
		<category><![CDATA[Reseñas]]></category>
		<category><![CDATA[Poesía]]></category>
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		<description><![CDATA[Dicen que Dios nos hizo a su imagen y semejanza. No es cierto: Dios -afirman también- es perfecto, eterno. Nosotros tenemos defectos. En el alma y en el cuerpo. ]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>La muerte llega/ se sienta/ se sirve de mi whiskey/ enciende un cigarrillo/ te lo dije, Elidio La Torre Lagares, dice/ para alcanzarte no hacen falta brazos/ estás hecho de tierra, mar/ y olvido…<br />
Elidio La Torre Lagares </em></p>
<p>Dicen que Dios nos hizo a su imagen y semejanza. No es cierto: Dios -afirman también- es perfecto, eterno. Nosotros tenemos defectos. En el alma y en el cuerpo. Estamos llenos de abismos, nos ponemos viejos y algún día morimos. Son vicios de construcción… así venimos, sin posibilidad alguna de reclamo, condenados desde los planos, desde el vientre… y aun antes, por esas incongruencias que unos explican a través de la fe -con el endoso de sus dudas a Dios- y otros aceptan simplemente como parte del gran libreto de la Creación.</p>
<p><span id="more-28"></span>Pese a esa realidad incuestionable, pasamos la vida tratando de re-construirnos, de cincelarnos una memoria, de inventarnos una historia para poblarla de recuerdos, quehacer en el que la poesía es -para algunos- la piedra de toque para edificar esa noción de trascendencia, como lo ha sido para Elidio La Torre Lagares a través de sus Vicios de construcción, libro que acaba de publicar con la editorial Terranova y que fuese presentado el pasado viernes en la librería Borders de Plaza Las Américas.</p>
<p>¿Su génesis? El deseo supremo de escribir un poemario para él, con la intención fundamental de darse el placer, sin subordinarlo a otras consideraciones. “Quería regresar a la poesía, simplemente”, dice Elidio mientras se echa hacia atrás el sombrero de ala corta que parece haberle hurtado al hombre del paraguas de Magritte que observa Hato Rey desde la portada del libro. “Para mí, la poesía es lo más cercano a la evocación de la memoria… un camino en dos sentidos y lo que mejor nos acerca a la manera de explicar el mundo. El lenguaje nombra algo para poder reconocerlo y yo, con la poesía, intento hacer lo mismo y recobrar esa memoria de la realidad que se va deshaciendo en el camino”.</p>
<p>“Vicios de construcción es un poemario de madurez, un libro que nació de manera consciente… es también un poemario enteramente mío&#8230; en esencia, quería un poemario que me complaciera  primero a mí”.</p>
<p>Con un quehacer como escritor que sigue un cauce paralelo a sus oficios como editor (de Terranova) y profesor de literatura y de creación literaria, Elidio señala que al cabo de varios años de realizar estas tareas, se ha visto expuesto a infinidad de textos de otros y que de alguna manera eso ha afianzado su centro como poeta y narrador.</p>
<p>“Creo que ya puedo hablar de un proyecto literario con mis libros”, señala. “He aprendido a respetar la poesía en su valor mínimo, en su unidad, en la economía de palabras… siento que ahora me acerco a ella con una nueva vida. Vicios de construcción es un poemario de madurez, un libro que nació de manera consciente… es también un poemario enteramente mío, desprovisto de tendencias y sin haberlo subordinado a lo que puedan decir de él quienes lo lean. En esencia, quería un poemario que me complaciera primero a mí. Asimismo, en estos poemas admito mis influencias literarias, con un regreso a la poesía estadounidense de la primera parte del siglo XX. Dejé que esas lecturas afloraran, a pesar de que en el pasado me han acusado de que no soy muy hispanista en mis lecturas. No luché contra eso… hay un ejercicio de escritura, consciente de esa tradición”.</p>
<p><strong>Para salvar el abismo</strong></p>
<p>En lo que atañe a la entraña de los poemas que dan sustancia a Vicios de construcción, el autor apunta que en ellos hay un juego entre la vida, el amor, la memoria y la muerte, con una larga y constante reflexión sobre el pasado. “Hay quienes dicen que el pasado no existe y otros, como Saramago, afirman que el pasado es lo único que existe”, reflexiona el poeta. “Venimos de un proceso de formación que viene de lo que fuimos… estamos hechos de pasado y ahí es donde reside el valor de la memoria y de la imagen poética como evocación de esa memoria. Intento retratar la memoria en palabras y creo que ése es el sentido de este libro: la imagen como memoria y ésta como experiencia que nos define”.</p>
<p>Al aceptar que hay algo contradictorio en hacer una evocación que nace de la vida mientras que es la vida misma la que nos acerca a la muerte, Elidio recuerda a Lezama Lima, quien decía que “somos seres discontinuos en el tiempo y requerimos de la poesía para insertarnos de vuelta en ese tiempo, aunque sea temporalmente”. “Esa idea es la que nos hace salvar el abismo que existe entre lo que desconocemos y lo que intentamos y deseamos”, acota. “Este tipo de reflexión la hago en la poesía, nunca en la narrativa, donde sólo me ocupo de contar.”</p>
<p>Resulta evidente que la textura de Vicios de construcción es bastante coloquial, con un lenguaje sencillo y directo, sin la retórica ni el malabarismo verbal tan comunes en muchos de los poetas contemporáneos. En esencia, es una poesía muy rulfiana en cuanto a la simpleza y la economía del lenguaje. “Para mí, el ciclo se completa cuando el lector lee el poema y se siente en él de alguna manera”, asevera. “Cuando eso no sucede, para ese lector simplemente ahí no hubo poesía”.</p>
<p>En su origen, este libro estuvo concebido como una parodia de poemas canónicos de la literatura estadounidense, pero nada quedó de eso porque, poco a poco, las voces que dictaron sus poemas a Elidio convirtieron en simples fantasmas a aquellos poetas muertos.</p>
<p>Sin embargo, al libro le faltaba cierta urgencia -según aseguró al poeta el crítico peruano Julio Ortega- y no precisamente la de un plazo de publicación. La vida le dio a Elidio esa urgencia: la noticia de la enfermedad de Rosa María Lagares, su madre y a quien le dedica la obra. “Eso impregnó entonces el tono del libro y encontré unidad y una voz que me permitió establecer un diálogo con la muerte… la muerte siempre ha estado cerca de mí por diversas razones y siento que finalmente he podido hablar con ella de frente”, asevera.</p>
<p>Con “Óbito” como título original -descartado luego por ser un tanto “lúgubre”- el libro adquirió el que lo acompañará hasta el fin de los días a partir de una anécdota de Elidio con doña Gabina, su abuela materna -mujer sabia como sólo suelen serlo los abuelos- quien le regaló un paraguas para celebrar su ingreso a la universidad, con el consejo de que “nunca nadie debe andar sin uno porque nunca se sabe cuándo va a llover”. “Un día fui a visitarla y me senté en la sala… al rato comenzó a llover y del techo una gotera comenzó a caer sobre mi cabeza. ‘Siempre caen goteras en uno… son vicios de construcción’, me dijo. Esa frase se quedó conmigo y ahora es del libro”.</p>
<p><em>-Elidio, morimos porque tenemos “vicios de construcción”… en el ejercicio de escribir este libro. ¿te reconciliaste con la idea de la muerte y con la certeza de nuestra incuestionable finitud?</em><br />
-Sí… y la imagen de los vicios de construcción también tiene que ver con la construcción del “yo”, de los que somos con defectos y virtudes, con esos espacios de soledad, con amarse en una ciudad que te devora y que, a la vez, tú devoras en una relación medio sadomasoquista con ese cuerpo metafórico. Por lo que respecta a la muerte, creo que uno nunca está del todo preparado para eso, pero siento que ya la asumo como algo inevitable, como algo que va a llegar en algún momento. En este poemario miro hacia atrás, pero sin melancolía ni desconsuelo, sino como un reconocimiento de lo vivido y en un plan de reconciliación para seguir adelante y afrontar lo que cada día traiga.</p>
<p>El libro concluye con una “sentida nota de duelo”:</p>
<p style="text-align: center;"><em>Ha fallecido sentado entre sus poemas<br />
Elidio La Torre Lagares<br />
(1965-1987; 1987-1991; 1991-1996; 1996-2007)<br />
Le sobreviven su esposa Ana Ivelisse,<br />
su hija Sophia Angélica<br />
y unos cuantos versos inconclusos.<br />
El amigo Elidio será cremado y esparcido en el aire,<br />
donde siempre vivió, de todas formas.<br />
De sus amigos, sólo quedo yo, R.J.,<br />
a quien el fenecido ha visitado<br />
a pocas horas de su deceso,<br />
y me ha encomendado informarles<br />
que, aunque se ha ido,<br />
lo encontrarán en la tierra que pisan;<br />
o para comunicación directa,<br />
busquen en el destello que se asoma como estrella lejana,<br />
ahí, entre las palmeras de pestañas en la mirada de su hija.<br />
</em></p>
<p><a href="http://www.elnuevodia.com/diario/noticia/cultura/noticias/estamos_hechos_de_pasado…/364388">http://www.elnuevodia.com/diario/noticia/cultura/noticias/estamos_hechos_de_pasado…/364388</a></p>
<p>Por:  Mario Alegre Barrios, periodista de Cultura de El Nuevo Día, San Juan, PR</p>
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		<title>Comentario sobre Vicios de Construcción</title>
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		<pubDate>Thu, 21 May 2009 20:37:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<category><![CDATA[vicios]]></category>

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		<description><![CDATA[Vicios de construcción recala en las inconstancias, la fragilidad, las ansiedades, las contingencias que suelen conmover al género humano. ]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Vicios de construcción</strong> recala en las inconstancias, la fragilidad, las ansiedades, las contingencias que suelen conmover al género humano. El vicio delinea el sendero existencial que se bifurca hacia la corporeidad y lo incorpóreo.  La primera encauza nuestras aflicciones y nuestro ánimo depredador. La segunda nos vincula con el orden natural, con la inteligencia superior que habilita el líquido amniótico. Lo que se denomina “alma” nos  armoniza con la naturaleza que destruimos cada segundo del día.</p>
<p><span id="more-13"></span>¿Cuándo fue la última vez que vimos una mariposa?  En muchas partes del territorio nacional esta grácil criatura habita el mundo platónico de las ideas. Dios sonríe. A cada quien lo suyo.  Vosotros también morareis en la evanescencia de la memoria. Elidio La Torre Lagares se empeña en que no lo olvidemos.  La voz de su poema inicial nos interpela con el mismo desparpajo que exuda Hamlet.  ¿Y qué me importa a mí esa quintaesencia de polvo?, se pregunta retóricamente el malhadado príncipe.  La muerte, burlona me la imagino, se apropia de la cotidianidad del poeta adjunteño. “Para alcanzarte”, le dice, “no hacen falta brazos”.</p>
<p>Perfectamente consistente, entonces, que los hijos de Pedro Páramo deambulen entre nosotros.  “[Es] improbable”, se nos dice en “sábado en el recinto sur”, que no tropecemos con algún fantasma”.  Este poemario conmina al desplazamiento ininterrumpido entre el ser y el no ser, entre lo palpable y lo etéreo. No hay fronteras; se desarticulan categorías formales.  La impresión, la desazón, la ruptura, pueblan estas páginas.  Buscamos certezas en vano.  No están.  Sólo podemos inhalar los fluidos premonitorios de nuestra decrepitud. <br />
 <br />
Esto no debe conducir a la desesperanza. Agradezcamos los quince minutos de fama a los que, según Andy Warhol, tenemos derecho. O como nos dice una de las voces poéticas: “…demos la cuenta por cerrada, pero sin aflicciones:/aún a las flores muertas/les sobrevive el fantasma de su perfume”.   Don Miguel de Unamuno hubiese asentido. El filósofo podría haber hecho suyos los versos de “quiebra”: “…podríamos invertir promesas/para solventar el desbalance de ausencias…”</p>
<p>De la tozudez del albedrío se trata, de circunstancias sinuosas que socavan nuestra determinación se trata, de la desesperanza que inflige la elusividad de la utopía se trata. Después de todo, se nos dice en “carne movediza”, que la cotidianidad nos impele sobre “un presente puesto a tientas”. Imposible asir la brújula del tiempo. La voz de este poema admite su derrota: “sílabas líquidas/poemas partidos/se hunden en mi mano”.</p>
<p>Recuerdo las palabras del aventurero británico en la inmortal novela corta de Joseph Conrad, Heart of Darkness. El horror, el horror, susurra un moribundo Kurtz. En “hacer las paces” se abomina de esta abstracción. La especificidad, por el contrario, decanta un típico momento de terror de Lovecraft o de Poe. Nos ubica en tiempo y espacio, o en el cronotopo, al decir de Bajtín. No. No es literatura. Es la vida, es la barbarie que pulsa en nuestro ánimo de minuto a minuto. El hecho concreto desconcierta, entenebrece con una contundencia inalcanzable por la imaginación. Son los cientos de miles de muertos en Irak que parecen converger en dos estremecedoras líneas: “quisiera  mirarte/pero me he arrancado los ojos”.</p>
<p>La homogeneidad, implica Julia Kristeva, destila inercia, complacencia; la alteridad, por el contrario causa desasosiego – una pieza social resiste el espacio asignado, contraviene la cartografía social para trazar su propio camino, edificar su propio esquema mental. Fragmenta la tradición para inscribir no solamente un momento de interlocución contestataria, sino también para fundar una nueva memoria social. Y es que la resistencia  mueve las pesadas ruedas de la tradición. En “poema en grafito para Basquiat”, el sujeto poético afirma que Basquiat “…gira los platos de Dios/en el callejón de los destinos”.</p>
<p>Basquiat y el poeta se tienden la mano. La trasgresión artística que les hermana devela lo apócrifo, reclama respeto a la especificidad, revive la solidaridad, enuncia la pasión, se apropia de un espacio en la historia, desintegra el mantra del común denominador. Que los puntos de encuentro legítimos no sofocan la individualidad.</p>
<p>“La poesía es impostura” dice la voz de “loop”.  “Sólo soy una vieja que apostrofa” aduce la Matilde de René Marqués en Carnaval afuera, carnaval adentro luego de mostrarle al poder cómo se dirige un carnaval decoroso. Estos interlocutores pecan de modestos. Han dejado entrever el poder insospechado del gesto diferenciador. Conocemos la verdad. Un simple artefacto nos bastará para lidiar con las irregularidades que anegan nuestra cotidianidad. Como deja saber asertivamente el sujeto de uno de los poemas finales: “…la niebla, sedentaria, arropa la casa: mi A vuela no está, pero me dejó su paraguas”. Es lo único que necesitamos para conjurar los vicios de construcción. </p>
<p>Claridad: semana del 16 de abril de 2008.</p>
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